La pérdida de los símbolos y la búsqueda desesperada,
por volver a comprender el mundo y la existencia
(O la síntesis occidental de la desculturación)
En lo que va del nuevo milenio y tomando como punto de partida la última década del siglo pasado, es muy importante el incremento de las que prefiero llamar: “nuevas viejas ciencias”. Las cuales comenzaron a ser motivo de consulta para la humanidad.
Palabras y términos como, feng-yui, digitopuntura, acupuntura, chamanismo, ocultismo, parapsicología, y ni que hablar de los métodos para adelgazar: auriculoterapia, homeopatía, y ¿para armonizarnos? Meditación, vidas pasadas, psicología transpersonal, cromoterapia, aromaterapia, musicoterapia, zooterapia, etc. Son cada vez más comunes en el vulgo y los ambientes académico- científico.
Dice una estadística del país del norte que, en millones de dólares, la cantidad de consultas que se realizaron a ciencias y métodos alternativos, es tres veces mayor que la consulta a médicos alópatas o medicina tradicional.
En una gran mayoría los resultados a problemáticas psicológicas, espirituales, religiosas, filosóficas, físicas y químicas, son comprobables a mediano y corto plazo, cuando no inmediatos, y en muchos casos más costosas; Obstáculo saltado por la vieja fórmula “costo - beneficio”.
Nada parece detener el incremento en el ámbito mundial de éstas nuevas ciencias y métodos como así, el resurgimiento de filosofías orientales u “oriente - occidentales”, como es el caso del erotizante tantra que se encarnó y malformó, en los multimedios de este lado del planeta, creando una expectativa de goce mayor y más prolongado, tanto para el hombre cómo para la mujer, en la búsqueda del placer. Terminando por ser en muchos casos, una búsqueda histérica, promovida por los mensajes subliminales y no tanto, sumado a la “mercadería” sexual.
Lo cierto es, que en ésta etapa de nuevos cambios para la humanidad; donde hay una ausencia de valores concretos y una avidez por recuperar la experiencia espiritual, surgen alternativas. Ya que las antiguas formas religiosas y políticas, no han dado respuestas y cayeron en descrédito por mérito propio, (violencia, dictaduras, fobias de todo tipo, etc.)
Todos, en menor o mayor medida, sin distinción de status social, buscan respuestas más concretas y prácticas así como se comprometen con filosofías menos represivas, algunas, más naturalistas, otras. Y también, porqué no decirlo, más mediatas y mediaticas, algunas.
El ser humano busca respuestas, y crea necesariamente nuevas dudas, pero muchas veces, esas nuevas dudas, nacen sin resolver la pregunta primera, ¿qué es el hombre?, y la segunda, ¿que le pasa al hombre? Ya que, lo que considera como avances lo remiten continuamente a éstas preguntas.
El hombre de hoy, puede que sea la concreción del sin sentido existencialista, pero también puede que se aleje de la angustia existencial y retorne renovado para ser- humano. Quieran los próximos extractos, arrimar algo de luz, un algo de ingenio, y algo de esperanza, a todo lo que existe entre, el aturdimiento racional y el pasatismo del “hombre mediocre” de José Ingenieros, plasmado en pleno siglo XXI.
“Lo que es” y “lo que le pasa” a un hombre sin símbolos
Es de alguna forma, entendible, que el hombre luche por comprender y entender, lo que es y lo que le pasa. Lo que es, lo remite a la búsqueda de su esencia, el sentido de la vida, ese “de donde venimos”, y el, “hacia dónde vamos”. Lo que le pasa, paradójicamente, es. Ya que en la interacción consigo, con los otros, y con lo que lo rodea, en esa mismísima interacción, cíclica, volitiva, dinámica, se vé rodeado de símbolos naturales y culturales. Es decir, lo que es y lo que le pasa.
“Cuando el médico psicólogo, se interesa por los símbolos, primeramente se ocupa de los símbolos “naturales”, distinguiéndolos de los símbolos “culturales”. Los primeros se derivan de los contenidos inconscientes de la psique, y por tanto, representan un número enorme de variaciones en las imágenes arquetípicas esenciales (...) ” (*)
Pero, el hombre en continuo cambio, suele desorientarse. Crea nuevos símbolos, o modifica y tergiversa otros, traslada estas nuevas formas a lo moral y lo ético. Eso que el hombre es y su preocupación por descubrirse, lo lleva a cosas tremendas, a tal punto que se olvida de su propia naturaleza y se aleja de ella, se aísla de su propio yo hasta extraviarse.
Este extravío a lo largo de los últimos siglos lo fueron llevando a una pérdida del sentido de la vida, ya que no encuentra elementos simbólicos de los cuales asirse para recuperar su confianza en un mundo, que no le pone respuestas, tampoco dudas, que solamente digita el destino de la humanidad.
Esta sensación de pérdida de su propia voluntad, le fue quitando el sentido mágico de la vida, le destruyó el mito y le redujo el misterio a una mera fábula.
“El hombre moderno no comprende hasta que punto su “racionalismo” (que destruyó su capacidad para responder a las ideas y símbolos numínicos) le ha puesto a merced del “inframundo” psíquico. Se ha librado de la “superstición” (o así lo cree), pero mientras tanto, perdió sus valores espirituales hasta el grado positivamente peligroso. Se desintegró su tradición espiritual y moral, y ahora está pagando el precio, de esa rotura en desorientación y disociación extendidas por todo el mundo”. (**)
Este afán racional, dentro de la capa social media, logró dos tipos de hombres: el mediocre, que creyéndose culto y superado, resolvedor de las cuestiones materiales, (obligado por la adaptación), que le permiten, según el, “vivir como quiere”, que nunca dejó de ser jamás: un ser permeable, franqueable por cualquier costado, débil de opinión, oportunista y masificado.
Y el otro es “el hombre odioso”, nostalgioso de lo que alguna vez tuvo, y que éste sistema le quitó, irritable fácilmente, impotente, o eyaculador precoz, histérico consumista al cual se le niega “lo mejor”, ya que, no lo conoce o su bolsillo se lo impide.
De éstos dos hombres, podemos hacer una fusión, y hablar del “Hombre Material”. Material e inhumano, abocado a la tarea cotidiana de vivir sin otra trascendencia que no sea satisfacer sus propias necesidades físicas e involucionando en sus planos espirituales y psíquicos.
“Hoy día por ejemplo hablamos de materia. Describimos sus propiedades físicas. Realizamos experimentos de laboratorio para demostrar algunos aspectos. Pero la palabra materia sigue siendo un concepto seco, inhumano, puramente intelectual, sin ningún significado psíquico para nosotros”. (***)
(*/**/ ***) Carl Jung, El hombre y sus símbolos, VI Edic, Buc – Caralt, 1984, Barcelona
La necesidad de unir los mundos para: Conocer
Aquel acertijo resultado de una maldición, del animal que camina en cuatro patas al amanecer, en dos en el atardecer y en tres en el anochecer y la paradoja “edípica”, son el reflejo, por un lado de lo inevitable (para algunos, destino) y lo irrefrenable, la necesidad por cambiar algo que conozco, la verdad, resolviéndolo de una manera cobarde, la huida.
Parece que el mito se ve reflejado en la conducta del hombre, en su ansiedad por dejar lo que es, para trasformarse en algo que quiere ser. Para este cambio, crea la trascendencia, la busca. Pero vuelve a desconectarse de sí y lo natural, por error.
”Siguiendo el ritmo de los días, la conciencia psicológica del hombre se despierta por la mañana, se desarrolla durante el día y vuelve a sumirse (..) Esta misma conciencia, integrándose en un ritmo más vasto, despierta en los albores de la vida para desarrollarse en la edad adulta y modificarse bajo el peso de los años, adquiriendo en la hora de la muerte, si hemos de creer en Aristófanes, una presencia sobrenatural”. (*)
“El hombre – decía Armand Carrel, fascinado por la ciencia de la materia inerte- no ha comprendido jamás que su cuerpo y su conciencia, siguen leyes más oscuras, pero igualmente inexorables, que las del mundo sideral y que no puede vulnerarlas sin peligro. Es pues, imperativo, que conozca las relaciones necesarias que le unen al mundo cósmico y sus semejantes”. (*)
Una respuesta y propuesta para el reencuentro con lo más esencial, y que, por imperio de la razón se dejó de lado, es la de unir lo material con lo espiritual, la energía con la materia, lo humano con lo divino, la idea con la realidad.
“Las nociones de estructura y de forma, que influyeron en las ciencias físico - químicas y psíquicas, y que, en el fondo, llevan una teoría monista del Universo, consideran que éste ultimo está constituido por un conjunto de estructuras que funcionan unas sobre otras y constituyen un todo organizado”
“ El conocimiento sería, pues, la exploración de los diferentes niveles de estas estructuras: físico, biológico y mental, dotado cada uno de ellos de sus propios símbolos que permiten accionar sobre el conjunto:
1. Los del mundo fisicoquimico, que se manifiestan en el lenguaje y cuyo conocimiento ha permitido el prodigioso florecimiento de las técnicas industriales
2. Los del universo orgánico y psíquico, que empiezan a ser explorados, con sus símbolos, orientadores de éstas energías y capaces de actuar en el plano irracional y de darnos a conocer un aspecto más profundo de la realidad.
Esta construcción psíquica, en su forma más simple, se asemejaría a lo que Leibniz designaba con el nombre de mónada, especie de átomo universal a la vez sustancia, acción y pensamiento. La agrupación en mónadas, en estructuras psíquicas y dinámicas, constituirían los arquetipos que irrumpen en la conciencia en forma de símbolos”. (*)
(*) “En las fronteras de lo Irracional”, Jacques A Mauduit, 1966, Barcelona, editorial Plaza & James, S.A
1.2 A MODO DE PRIMERA CONCLUSIÓN
La pérdida de lo mágico, la pérdida de los símbolos, la perdida del sentido
“El hombre de hoy es su propio verdugo, aprendiz de brujo abrumado por su propio éxito”
Con el compromiso que requiere una síntesis de lo dicho y para cumplir con el objetivo de no dejar desazón, abrumado y extasiado, habiéndome dejado llevar por lo que el texto tenía para decirme. He tomado una decisión.
Lejos de ser, este hombre desnaturalizado por sí mismo, un tema cerrado para mí.
Tomo y hago de alguna manera, propias de mi pensar y sentir, las palabras de la conclusión del libro, La Magia, de Jerome Antoine Romy, E.U.de.Ba, 1980 (La doctrina mágica, La magia y nosotros), pues me parecieron claras y acordes con lo que éste pequeño trabajo quiere resaltar.
Este hombre de hoy, usted y yo, somos la síntesis de los últimos cinco siglos, pero más que nada de las últimas dos centurias.
Considero que el hombre a extraviado su sentido mágico de la vida y con él sus símbolos, lo puramente racional se opuso y se impuso a través de la violencia, la desidia, la desacreditación, sobre los saberes primeros, éstos ultimos se conectaban con la naturaleza, considerando al hombre como parte integral del universo.
Por lo tanto, hoy, es indiscutible la desesperada búsqueda de respuestas, por medio del retorno a aquello que hemos menospreciado por siglos.
Se dificultó la tarea de vivir, desconectando al hombre de su naturaleza y lo atestó de una abstracción tan racional como irónica. El hombre fue despojándose de lo más cercano a él, por resultado, obtuvo un extravío que por ahora está por resolverse. Un extravío que la mediaticidad de hoy no resuelve.
El hombre debe recuperar su propia magia, en un reencuentro con las fuerzas de la naturaleza. Canalizar, su angustia y su deseo de dominio, en algo productivo y no en meras especulaciones. Proporcionarse, por fin, claridad, optando por el sentido común, que és, el más común de los sentidos.
2.2 UN FINAL DESAFIANTEMENTE FELIZ
(*)
“La magia, desacreditada en el plano científico, no se atreve ya a decir su nombre. Disfrazada, se la encuentra sin embargo, rasgo por rasgo, en las tentativas más actuales que se hacen para organizar las relaciones humanas o dar cuenta del mundo en su conjunto”.
“En la Política, la idea de dictadura y la idea del dictador son la magia y el taumaturgo. La voluntad del poderío burlada en toda la extensión de la colectividad, se expresa en el mito del hombre providencial cuyo verbo hace la ley y constriñe la realidad. Por la totalidad de un pueblo, el dictador es un médium en trance, encargado de realizar por sus dones extrahumanos de clarividencia y poder oculto, los deseos reprimidos de una nación. La existencia del partido es índice de que el dictador moderno es la simple transposición a lo imaginario de una voluntad colectiva”.
“Para llegar a sentir su poder demiurgico, el mago, debe seguir, después de pasar por el estadío de la indistinción primitiva, en que las funciones sociales se confunden, la vía de una existencia precaria y angustiada, sola en un mundo hostil; de un confinamiento que debe aceptar voluntariamente, pues dentro de esa desnudez, es donde él adquiere conciencia de la arbitrariedad de las reglas sociales y de pretensas leyes naturales (...)
Termino a termino, el mismo ritmo gobierna las descripciones de la revelación de Heidegger o Sartre. La angustia, el aislamiento, la finitud, lo absurdo de una existencia sin razón, el pecado de existir, el sentimiento de culpabilidad inherente a la asunción voluntaria de la finitud, tal es el medio, a la vez receptáculo y fermento, del surgimiento de la libertad creadora”.
“Tantas Coincidencias no podrían ser efecto de la casualidad. Denotan en nuestro tiempo un extraordinario apetito mágico. Es que hemos tocado el fono de del caos, un caos con olor de osario, mucho más trastornador que el desorden denunciado por el dadaísmo y el superrealismo. El hombre ha puesto el pié en el suelo quemante de lo absurdo y debe evadirse de él, so pena de perderse íntegramente. En un mundo infinitamente complejo, su angustia lo lanza en primer término al refugio más paternal: su propio corazón, y aunque la tentativa sea absurda, aunque “ el hombre es una pasión inútil” (Sarté), hay poca probabilidad de que renuncie alguna vez a la única tentativa que le promete una dominación absoluta y una paz definitiva”.
(*) La Magia, de Jerome Antoine Romy, E.U.de.Ba, 1980 ( La magia y nosotros)
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