Cuentos...


La lucha de los 6 Espíritus
       
Un hombre. Su estar en éste mundo; normal, aceptable, sin grandes sobresaltos. A veces esquemático, otras veces con ganas de tener esos sobresaltos que cree , le harían bien, pero sólo se queda con que le gustaría. 

Una noche, éste hombre, caminaba por la ciudad como cualquier otro día de semana, de regreso a su casa, componía en su interior algunas frases que diría mañana ante su jefe, en el lugar de trabajo. Su trabajo nunca le dio grandes disgustos, y tampoco satisfacciones.

Continuaba su caminata de noche por la ciudad, meditando, mirando alguna vidriera que otra, de esas de las que sabe, solo puede mirar porque no va a comprar. Dobló en la intersección de calles de siempre, a la misma hora, minutos más minutos menos. A esa altura prendía su tercer pucho diario, ya que estaba tratando de dejar de fumar. De repente, en pleno cambio del semáforo, verde a rojo, se detiene un auto. Una hermosa mujer baja la ventanilla y lo saluda amablemente con una mirada sugestiva.

Él no sabía si levantar una mano, si responder ese saludo con un piropo, o asentir con la cabeza, igual que la mujer. El vehículo se detuvo justo antes de las rayas blancas, como corresponde. Sin darse cuenta su corazón comenzó a latir muy fuerte y un calor repentino se le manifestaba. Quieto, inmóvil, sentía desvanecerse y ya nada detuvo su caída. A partir de su despertar comienza esta historia que les narraré.

Ninguna señal de estar en otro lugar más que donde se había desmallado, sus signos vitales jamás se perdieron, y ninguna ambulancia, ni siquiera otro peatón, acudió en su ayuda. Entonces pensó que pasaron unos muy pocos segundos. Ni la mujer ni el auto estaban, lo único que continuaba era el momento del cambio del semáforo del verde al rojo. El muñequito naranja aún titilaba, cuando ya estaba incorporado y con muchos deseos de cruzar la calle, pero algo lo mantenía en el lugar. De pronto dio un giro de 180º y se dirigió a un bar, que estaba a sus espaldas, justo en la esquina de la intersección de calles por donde pasaba siempre.

Al llegar, se dirigió al mozo que estaba distraído mirando una chica, le preguntó si había sector para fumadores. Aún tenía en sus retinas la imagen de aquella mujer y recordaba que también, un perfume floral intenso había aparecido junto con ella, antes de su brevísimo saludo.

El bar tenía sector de fumadores, es curioso, pero a esa hora, justo un martes, estaba lleno de gente en el sector de fumadores. Nada parecía extraño, la gente estaba como siempre “cada uno en lo suyo”. De repente una llovizna suave comenzó a caer. El hombre, entre sorprendido y asustado, se acercó al vidrio que daba a la calle para mirar lloviznar. El mozo lo interrumpe con un – señor, ¿se qué se va a servir? El hombre lo miró aún atónito y casi sin entender, le pidió un whisky doble sin hielo. El mozo le contestó –dónde se lo sirvo, no eligió mesa aún…  El hombre sin mediar palabra sólo le señaló una mesa de dos, contigua a dónde estaba parado, era de las pocas que quedaba libre.

Algo le decía a este hombre que aunque parecía estar todo normal y aunque parecía que nadie lo vio en el piso, él sospechaba algo, algo terrible y sombrío, pero necesitaba saber más.
Otra vez el aroma del perfume floral intenso, él hombre a esta altura, ya tenía miedo, el cuál disimulaba como la mayoría de sus emociones a diario. Miró hacia todos lados, no veía a la mujer, y de repente:

-          Hola, ¿cómo estas? La voz femenina le inundó su cerebro. Pero no era una voz interior ni nada de eso. Detrás de él, en otra mesa, estaba aquella misteriosa mujer.
-          Qué...quién…pero… No muchas más palabras salieron de su boca ante el asombro y algo de terror.
-          ¿Ya no me conocés? Agregó la mujer, que poseía un  cabello negro y largo hasta la cintura, rostro anguloso, delgada, blanquísima, ojos celestes, y un sonrisa que seducía hasta a un santo.

El no recordaba nada, tenía en frente aquella mujer del auto, de rostro amable y voz sólidamente impostada, cálida, como una locutora nocturna de una radio de frecuencia modulada. La mujer abrió su mano como quién eleva su palma para saludar, pero en este caso sólo era para mostrarle con mucho sigilo, una especie de agujero negro, diminuto en miniatura, que ella poseía en el centro de la palma de su mano. El hombre se dio cuenta por fin quién era ella y recordó una vez más quién era él.

El no era un inmortal, no era un vampiro, ni siquiera un ángel, era solo una persona común, que tubo infancia, proyectos, sueños, frustraciones y éxitos. Aunque en su caso poseía algo más. Un plus de vida. Su ascendencia se correspondía con los orígenes de la humanidad misma. Y en él habitaban “cosas” que desde siempre se les llamó, Los 6 Espíritus. Su linaje siempre estuvo signado por estos espíritus. Nunca hubo hechizo ni conjuro que los pudieran ahuyentar, generación tras generación debían sufrir la posesión de estas energías extrañas. Devoraron a varios de su linaje y a otros los volvían locos.  A muchos los volvieron líderes y empresarios exitosos, pero eso no significaba que no sufriesen la descarnaba lucha en su interior.

Cada uno de ellos siempre tuvo un nombre, en realidad no siempre, hubo un hechicero que los puedo nombrar cuando descubrió en pleno siglo XVII, a uno de sus hijos en plena crisis por la lucha de estos seres. Y los pudo nombrar a todos, aunque hasta ese momento sólo se corría el rumor de tres.

Ellos son, “El Espíritu Natureza” una fuerza que arrasa lo más elemental de cada hombre y cada mujer, éste espíritu custodia los miedos y promueve rituales, y las pasiones, se vive asombrando de todo, rituales que se reinventan en cada época. “El Espíritu Preludio” es aquel que lo hace al ser humano desconfiado, e incluso arrogante. “El Espíritu Crenaeus” es una fuerza enriquecida por las especulaciones y la búsqueda del progreso. Con gran arte para hacer que nada se escape al poder de aquello que manejan las razones, se concentra sobre las leyes y se aferra a ellas. Nada deja sin explicación. “El Espíritu An-animico” superó en mucho al poder de los demás, superó incluso el poder de las almas, y se conecta con fuerzas del bien y del mal. “El Espíritu Templus” vomita lava de fuego en el interior de cada hombre, y lo quema para condenarlo, o lo quema para salvarlo, es esencialmente fuego. “El Espíritu Supra” es el que no se sabe bien cómo se manifiesta, pero se dice que es una especie de síntesis de los anteriores y cuando todos ellos combaten en el interior de cada hombre generación tras generación, lo único que dejan son dos cosas. El recuerdo y la posibilidad… Un hombre…somos todos…La mujer misteriosa aparece, cuando vemos la primera luz…y la última.

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