Lo que falta




Lima, Buenos Aires, Argentina
Solemos tener ese sabor raro de –qué me estoy olvidando… tenía algo para decirte, pero… algo falta, ¿no? Es curioso que sintamos muchas faltas cotidianamente pero no caemos en la cuenta, de lo que nos faltó, porque es cierto, a veces son cosas muy triviales las que nos faltan, hacer o decir. Por ahí nos falta tiempo, queríamos llegar a algún lugar o enviar flores, y no pudimos. A veces nos faltan ganas y hacemos a medias lo que podemos hacer mucho mejor, esa falta de ganas, “nos gana”, y terminamos haciendo mal lo que podíamos hacer bien. Nos falta el dinero, eso es una falta que suele tomarse como importante, falta la guita y estamos fritos. En la ciudad el fiado casi no existe, en los pueblos del interior sacar fiado equivale muchas veces a enterrarte cada vez mas. La falta de dinero nos pone en preocupaciones tan locas como, qué vamos a hacer con el colegio de los chicos, o cómo voy a hacer para pagar los impuestos, me faltan siempre diez pal peso. Nos falta ese puto vil metal, que nos condiciona, que nos deja dentro o fuera del sistema, porque a veces falta el trabajo y si no hay trabajo falta el billete y si no hay un mango se hace difícil poder comprar o pagar. Cuando falta el vento se complica che. Nos faltan tantas cosas. A veces nos falta la vieja, para que nos haga el desayuno o para que nos cague a pedo, nos hace falta el viejo, para que nos ponga un poco de límites a tanta joda. O simplemente nos hacen falta ambos, para sentir que la familia está completa. Nos hace falta uno de los mayores dolores que podemos tener, un hijo. Cuando nos falta un hijo, porque está lejos, lo extrañamos, nos llenamos de angustia hasta volverlo a ver, no llenamos de miedo por la posibilidad de que le pase algo. Nos puede faltar un hijo, que desabamos y al final  no se dió,  quizá porque ya no está, se lo llevó un accidente, una enfermedad,  y ahí la ley de la vida mandó todo a cagar, porque decimos, si el que tenía que irse primero era yo, no él. Nos faltan los amigos, más hoy que están tan cambiados los códigos de la amistad que a veces uno no sabe distinguir o sabe y por eso, tenemos pocos o los tenemos  lejos. Con la falta de amigos, quedan como faltante también las juntas, las mingas, los encuentros, las noches largas y las charlas eternas, un abrazo de esos que dicen – sos como un hermano para mí…te extrañe loco. Lo falta a veces suelen ser las caricias, el contacto cuerpo a cuerpo, piel a piel, un mimo, falta eso, por falta de tiempo, por falta de atención, por falta de reconocimiento, por falta de encuentros. Falta la sinceridad, pero ojo no el sinceroricidio de decir la primer pelotudéz que se te viene a la geta y lastimarlo al otro gratuitamente, y después andar diciendo cosas tan forras como – ah! Lo que pasa es que yo soy muy frontal viste…no sé por qué se puso a llorar…o por qué se fue Sencillamente PORQUE TE CAGASTE EN EL OTRO y abriste tu bocaza de mierda y destilaste veneno, con la excusa de la sinceridad, SORETE. La sinceridad que falta es, mirar a los ojos cuando se habla, dar la mano y mirar a los ojos, mirar al los ojos cuando estamos en la cama, la sinceridad del abrazo honesto, no la del puñal que está por venir. Falta amor, en lo que hacemos, a veces falta el amor también porque hay motivos, ( no excusas), que hicieron que se ponga menos amor en lo que se hace o lo que se dice. Falta amor, porque falta dedicación, encuentro, resistencia ante las imposiciones, si falta amor nos falta orgullo, alegría, sentimientos y convicciones, nos volvemos tibios, faltos de deseos y pasiones. Faltan muchas de estas cosas juntas. Pero sólo faltan, creo y espero, que no estén perdidas.

MIÉRCOLES 8 DE SEPTIEMBRE DE 2010

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