Pérdida


Los hermanitos del cuento, que hacen un camino con caramelos, perdieron casi todo, menos la esperanza, perdieron incluso el pánico que les provocara la vieja bruja, es muy raro, casi siempre las brujas son las malas. Cotidianamente tenemos perdidas, perdemos una dirección anotadas en cualquier lado, perdemos un papel “importante”, nos perdemos la función por llegar tarde, nos perdemos una cita por temor. Perdemos, la perdida es algo tan cotidiano como inevitable. Perdemos el tiempo. Nada existe más que lo que se pierde. Una vez, cuando era niño, cuatro o cinco años más o menos, vivía en el campo muy cerca del río Paraná de Las Palmas. Con mi perro “puqui” salimos a pasear por las calles de tierra que nos alejaron de la casa, no voy a entrar en más detalles, porque el resto es sólo construcción de aquel recuerdo. Lo que sí no olvidé jamás, fue la arboleda frondosa de eucaliptos, el olor a humus y a flores silvestres, y una gran sensación de libertad. Hasta que me encontraron, entonces dejé de estar perdido.

Si, a diario perdemos, perdemos el colectivo, el tren, el subte, un vuelo, y perdemos el tiempo, (con lo lindo que es muchas veces), otras en cambio, estamos perdiendo algo más que tiempo, por ejemplo la oportunidad de mejorar hacia algún nivel de mejora, ese, al que se aspira hacia alguna estúpida perfección. Perdemos, nos pierden, rara vez el encontrar lo perdido significa haberlo recuperado, nada de lo que se pierde, se puede recuperar de la misma forma que estaba cuando aún era ¿nuestro? o formaba parte de nuestra vida, es curioso, los que creen en la reencarnación dicen que uno vuelve en algún estado, no siempre humano, no siempre físico.

 La pérdida genera angustia, nos suele poner sombríos y mal humorados, y también con una profunda sensación de que nos falta algo. Ahora, si perdemos a alguien porque ya no está en este mundo, es decir porque murió físicamente, ¿lo perdimos en un todo? ¿Si perdemos una oportunidad, las perdimos a todas?...

El perder una cosa, nos hace cosas buscando cosas, porque no podemos funcionar como antes de la pérdida, la ausencia de la cosa nos hace menos completos, la ausencia de la cosa nos domina. Perder es no saber dónde está lo que buscamos, es no encontrar. La pérdida nos invita a la búsqueda o nos aniquila en la desesperanza. Creo que a veces es necesario perder, no sólo para valorar lo que se cree tener o poseer, sino que perdiendo, años, vida, cosas, personas, objetos, empleo, etcétera, es cómo vemos ahí, en el momento de la pérdida misma, nuestra propia finitud y nuestra falta poder sobre lo que somos y los que nos rodea, sobre lo que queremos y lo que deseamos. 

Si estamos perdiendo, si estamos por perder, si ya hemos perdido, podemos: buscar, ocuparnos, o recordar con alegría. Lo que se pierde no regresa, pues, si regresa, no regresará, siendo exactamente lo mismo ni lo que se nos perdió, tampoco nosotros.

Perder no es ganar, pero ganar, no es triunfar. Darnos cuenta de que perdemos a diario y casi todo el tiempo, nos servirá no para conservar, sino para aprender que la vida tiene sentido en otros lugares, más cotidianos, menos objetivos. La pérdida es tan común, como la vida y como la muerte. Hay pérdidas que duelen y otras que nos alivian.

Lo importante, creo, es no fingir que nos duelen, ni que nos hacen bien. Lo que se pierde es lo que nos regresa a encontrarnos con nuestra cotidiana falta de control, mientras exista la pérdida, jamás existirá el control total de nada. La pérdida, también es lo que nos salva incluso, de nosotros mismos.

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