Falsa ortodoxia legalista en la docencia...

La violencia simbólica heredada
(Naturalización, contagio e institucionalización)
-Por Manuel Valentín Coria-


Si nos colocamos siempre en el mero rol de observadores de la violencia, ella nos propone algo, que no nos queda más alternativa que la complicidad. Por lo tanto, un individuo que sólo ve actos violentos, sin siquiera ser víctima o victimario directo, se convierte en un violento más, que simplemente calla y asimila, sea cual fuere el grado o tipo de violencia, a punto tal de justificarlo, naturalizarlo y reproducirlo tarde o temprano.        

 Por eso, si un trabajador de la educación hace la vista gorda a todo ello, es parte  fundamental del sistema perverso de la violencia. 

Ahora, ¿qué significa actuar? Puesto que queda hermoso decir que "debemos actuar, en un discurso grandilocuente y repleto de buenas intenciones también discursivas.

Actuar, es precisamente lo contrario de la parálisis, lo contrario de la abulia y lo opuesto al silencio

Actuar, en contra de un acto de violencia, significa no dejar pasar, no dejar para otro día, no especular, superar el temor e incluso el propio miedo. 

Puesto que la violencia paraliza, silencia, asusta, es importante tener en cuenta que no siempre es tan evidente, y no siempre se da frente a una situación de asimetría o una clara imagen de “el fuerte sobre el débil”.

La violencia que se instaura como herramienta para perpetrar esquemas ideológicos de aparatos perversamente represivos y burocráticos del Estado y la sociedad, es aquella que no se ve a simple vista y que no suele sugerir necesidad de oposición contra ella. Esa violencia que está vinculada al poder convive a diario con todos nosotros. A eso lo podemos llamar primeramente, la violencia “normalizada”. Que es aquella que se expresa en gestos leves, en órdenes solapadas, en dominación disfrazada de proyectos por un bien común que generalmente termina siendo el bien de pocos. Y esa violencia es: la violencia institucional normalizada.

La violencia institucional normalizada es aquella que suele ser considerada “necesaria”. Ya que sabemos que existe un discurso que se escuda detrás de las normativas, las circulares, las leyes, los estatutos y los códigos e incluso las actas.

Ahora, cada uno de estos ítems ¿son los responsables de que esta violencia se genere? La respuesta es NO.

La violencia que nace del legalismo ortodoxo, se perpetúa mediante la normalización de las presiones que ejercen aquellos que sostienen “la ley” tras la falsa y tramposa premisa de mantener el orden y optimizar los mecanismos burocráticos. Porque desde éste lugar, el del legalismo ortodoxo, ( como yo elijo llamarle), se constituyen y se construyen las grandes contradicciones desde las cuáles se instaura el quietismo y la complicidad con la violencia toda en las prácticas docentes.

Este legalismo absurdo y de carácter religioso, pone en tela de juicio el correcto proceder y el sentido común, LA ÉTICA, por ejemplo: ¿No es una contradicción que digamos que lo importante frente a una situación de violencia física entre los alumnos, es el valor de la vida y con ese criterio es que debemos intervenir, pero luego lo que prevalece es “la forma”?  Lo que no se dice ni se expresa claramente es que en establecimientos rurales o en establecimientos – mal calificados- como “más conflictivos o vulnerables”, los docentes se quedan entre la espada y la pared, puesto que a contrapelo de esa clara situación, ese mismo docente, director, maestro, profesor, recibió hace pocos días, una jornada de capacitación donde el protocolo es más importante que lo que la situación exige.

 Y digo esto, porque es una hábito ya, dar talleres de reflexión sobre la intervención frente a situaciones conflictivas en el aula o la escuela, pero la cantidad de impedimentos legales que existen al momento de poner en juego valores como la vida o la no violencia, dejan sistemáticamente atados de pié y manos a los docentes de todos los niveles de responsabilidad, debiendo elegir entre el deber ser, (que es su propia conciencia humana y aunque lo invada la angustia de lo anterior ,interviene), o el ser (que lo expone a un sumario administrativo) He escuchado preguntas sin respuestas tales como:

- Pero si el protocolo para el procedimiento frente a un desmayo me dice que debo de llamar al 911,  pero el servicio médico no viene por un lapso de 15 minutos y sé perfectamente que es un caso de vida o muerte, yo lo llevo al hospital en mi auto y después veo si me hacen un sumario o no.

No sólo contiene un grado sutil de perversión, esta contrariedad, en la que se ve cada docente, sino que oculta otras prácticas maniqueas donde se pone en tela de juicio el valor de un trabajador para querer salvar la vida de otra persona, y se lo culpa de imprudente por tales acciones.

La violencia de la ortodoxia legalista no se cumple sólo de esta forma. Ocurre también en las ya clásicas y habituales prácticas de evaluación que se manifiesta de la peor manera.

Es un ejemplo  de lo antes dicho, entonces, cuando se evalúan proyectos en Superior o en Planes relacionados con la vuelta a la escuela, que las autoridades alegan la falta de personal especializado – al momento de evaluar asignaturas específicas-  (y se olvidan de que la normativa establece por ejemplo, convocar a personal idóneo de otros distritos), y es así entonces, que la normativa se ajusta a una interpretación amañada, de tal forma que sólo quedan vigentes las responsabilidades del evaluado y no de los evaluadores. Se conforman comisiones evaluadoras a dedo y son generalmente las mismas personas. Es así que conocemos de casos, de compañeros y compañeras, que sin asesoría y sin acompañamiento, se cansan de presentar proyectos porque son continuamente “ninguneados” con devoluciones impropias y de dudoso contenido académico, ni fundamentación clara. Esto también es violencia y es violencia, porque en más de un distrito del interior de la provincia pasan estas cosas. Y no se denuncia o nos falta compromiso ante tales cosas. O simplemente "tenemos miedo". ¿no?

¿Por qué se hereda esta violencia en el ámbito docente? Porque el trabajador de la educación se torna  en un sobreviviente, repleto de tensiones que ya va acumulando desde su formación. 

Este lastre, lo inunda y lo conforma en una persona triste, gris, que abriga  deseos de venganzas  y las considera-a estas mismas-parte importante de su "aprendizaje", entonces se perpetúan, ·"el derecho de piso"," es parte del laburo aguantar estas cosas", "qué le vas a hacer si siempre tienen la razón ellos"  Ese mismo criterio, contagiado, es trasladado a las aulas y, es de esa forma mendaz y dominante, es que el docente es parte de un todo, ejerce su oficio con bronca y muchas veces, contra las personas que están a su cargo día a día en las aulas. 

Se olvida su rol de educador para transformarse en un juez inquisidor que sólo espera al mes de julio o a diciembre y así, hasta sólo pensar en,  “descansar de tanta tensión acumulada".

La violencia simbólica institucional está sistematizada, y se corresponde con aquella que muchas veces vemos dentro de las aulas a simple vista. La asimetría se agiganta, entonces, algunos por considerar que con el solo hecho de tener el título terciario, ya son seres acabados que nada deben aprehender, otros, por ostentar títulos y honores que les quedan grande - muchas veces-  y para no dar el brazo a torcer, se rodean de obsecuentes y eligen mantener su posición de poder ha como dé lugar. Otros se cansan y se pierden en el intento, otros simplemente callan y se conforman con sobrevivir.


Algunos locos, elegimos no tomarnos esos "recreos", incluso a pesar de la burocracia sindical, porque consideramos que así, lo que ya hemos ganado, se nos escurrirá entre las manos y nos arrebataran lo mejor, EL PRESENTE.

"Sólo se trata de vivir", ¿esa es la historia?...