Cuando pensamos en la juventud,
tal vez como categoría, podemos esgrimir la retórica frase, “juventud,
divino tesoro”. Las palabras a veces le quitan al sujeto su humanidad, los
jóvenes son pues, “Prometeos” de la
gloria y soldados de la derrota.
La juventud ha sido de un modo u
otro el capital cautivo para prometer
la salvación en un futuro.
Se tomó a la juventud como parte de los grandes relatos que avizoraron
mejores naciones, mejores pueblos. Las
dictaduras militarizando a generaciones, las democracias performando modos de
ser joven, [¿progresistas?], como si ser joven es una virtud en sí mismo, en
vez de entenderse como la novedosa forma de mirar, se la adoctrina, se la manipula o
se la “forma”, ¿educa?
Y así, la juventud está obligada a ser lo que se dice que debe ser. Al
mismo tiempo la juventud también se transforma en la causa de todos los males.
Pero claro, ser joven pasó a ser una categoría que trascendió la cuestión de la
edad, es joven quien se siente joven,
quien no se detiene o quien no se jubila nunca de las actividades, por lo menos
de las públicas. Un circo manejados por adultos que demanda de uno u otro modo,
el sacrificio.
En tiempos eleccionarios la juventud suele ser el lugar por donde se
escapan las promesas menos deseadas, pero que a la vista y a los oídos distraídos,
suenan bien. Nadie les diría: “son ustedes los que pagarán nuestras
ofensas, a la naturaleza, a los dioses o a los vecinos”
Los jóvenes más educados, más inteligentes, más beneficiados, más
revolucionarios… los jóvenes que deben cuidar lo logrado, que deben realizar el
cambio, que deben sacrificarse por su pueblo, los jóvenes que no deben irse,
que deben quedarse, que deben, que tienen que, que saben, que harán, que son,
que serán….Y así.
Se cosifica una vez más a toda
una nueva generación, se le indilgan los defectos y las virtudes, las
responsabilidades y los deberes. Ponerlos a trabajar, a estudiar, a cuidar, a
defender, a cambiar…Buscando tarea para otros somos geniales. La sangre joven, El futuro, elegimos
embargar siempre a los que quedan, ya que de alguna forma u otra son el pagaré
de la deuda de sus mayores. Y somos los antecesores, los que alguna vez tuvimos
los 18 o los 30, los que nos arrogamos el derecho de los años, sin preguntar, ¿qué te hace feliz querido joven? No, eso no se pregunta, porque en el fondo no
importa.
Hay que hacer del joven lo que
sus mayores no fueron, por error u omisión, no nos atrevemos a preguntar tal
cosa, porque tenemos una respuesta a
priori que ya se le impuso al joven lo
que lo debe hacer feliz, lo que lo debe conmover, lo que lo debe preocupar y
hasta el modo en que debe soñar… ¿Qué te da gozo querido joven? es una
pregunta peligrosa, no vaya a ser cosa que los jóvenes, esos sujetos, esos “nosotros-otros”,
nos respondan: dejar de recibir tus
órdenes camufladas en promesas, que me condicionan para terminar haciendo lo
que a vos se te antoja, estar en tu foto, en tu reunión, en tu partido, en tu
escuela, en tu fiesta y no la mía. Provecho.
